Serás libre o no serás nada

¿De qué depende ser independiente en el contexto actual? ¿Se puede ser independiente y ganar dinero? ¿Es ficción incompatible o un escenario posible si se obtienen las herramientas necesarias?

FOTOS FEDERICO BALESTRERO

Cuando se habla de Rock Independiente generalmente se piensa en los artistas que se autogestionan, aquellos que pujan por hacerse oir por fuera del mainstream, de las discográficas tradicionales o de los grandes escenarios. Pero el panorama no termina ahí. Hay muchísimos profesionales, músicos, productores, diseñadores, distribuidores y organizadores, entre otros, que son partícipes necesarios para que la escena indie sea tan diversa e interesante.

Indie proviene de independiente. No es un estilo musical en sí mismo, sino una forma de producción, difusión, comercialización. Incluso, la polémica nueva Ley de Medios lo define como “el autor y/o intérprete que ejerza los derechos de comercialización de sus propios fonogramas (...) teniendo la libertad absoluta para explotar su obra”.

Estos modelos de autogestión son una de las consecuencias más palpables de la Argentina post 2001. El cooperativismo sin patrón que recobró fábricas y empresas rescata en los músicos la capacidad invidual de expresión, más allá de las lógicas de mercado.

Hoy en día es posible tener éxito sin pasar por esos carriles tradicionales, sin más armas en la mano que una cuenta de email y un cuidado manejo de las redes sociales. Y algo para decir, claro.

360, todo para ver

¿Se puede hablar de under cuando todo es tan accesible? Más allá de su traducción literal, el underground hace referencia no solamente a un camino alternativo sino, principalmente, a un movimiento contracultural. En principio, el término hacía referencia a los grupos de resistencia contra la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Siete décadas después, ¿sigue vigente el concepto en materia musical? Hace años que nada está oculto.

Sería imposible entender todo esto sin tener en cuenta la transformación en la cultura digital, sobretodo los efectos de internet en la difusión de la música. Para no caer en el manido caso Radiohead, hace muy poco los ingleses Arctic Monkeys subieron a la web su tercer disco (que tiene el maradoniano título de “Suck it and see”) antes de editarlo en formato físico y en 15 días consiguieron unas 200.000 escuchas por cada track, solamente en Soundcloud.

Es importante plantearse entonces cómo cambia la escena a partir de la globalización. A veces es más fácil conocer una banda independiente de Londres, por ejemplo, que de nuestro país.

Por todas estas circunstancias, el modelo del negocio discográfico ha cambiado. Las grandes compañías tardaron en despertarse de su larga siesta de años dorados pero finalmente dieron algunos pasos hacia la autopreservación. Cuando percibieron que minimizar los efectos del mp3 era ridículo, los modelos puntocom ya eran inalcanzables: Napster, iTunes & Cía les habían dado el golpe letal. Optaron entonces por avanzar hacia otros terrenos; así, los contratos 360º incluyen no solamente la venta de discos sino también un porcentaje de ganancia en el licenciamiento de esa música para ringtones y publicidades, merchandising y en la venta de los shows. ¿Y qué dan a cambio? Para justificar esa nueva tajada argumentan que su aparato promocional ayuda a difundir y vender más. Pero acaso, ¿no es éso precisamente lo que supuestamente hicieron siempre?

La realidad es que si no consiguen ingresos de otras fuentes, están liquidados: los CDs se venden cada vez menos y el 95% de las descargas sigue siendo pirata.

Opción u obligación

¿Qué queda para el resto? ¿Los artistas eligen la independencia o se ven forzados a practicarla por la imposibilidad de ingresar en el circuito comercial? Seguramente, un poco de cada cosa.

El precio a pagar es el enorme sacrificio extra en tareas no específicamente creativas. Detrás del éxito (o fracaso) de un proyecto artístico hay muchas horas dedicadas a resolver encrucijadas: distribución, logística, comercialización, booking, aspectos legales y contables.

“Es el único camino que queda hoy por hoy”, cree Pablo Sbaraglia, músico del Indio Solari. “Por eso a veces es cansador. Vencer esa inercia es costoso, desde el caso más perdido del mundo como puede ser el mío hasta uno de los más notables como puede ser el del Indio, es lo mismo. Hay que levantarse y hacer las cosas sin que nadie te obligue e ir superando el esfuerzo de estar en una especie de pelea cotidiana para mantenerse haciendo lo que uno quiere hacer”.

Alambre González: “trabajé uno de mis discos con una multinacional y fue una experiencia desastrosa. Una vez que puse el gancho y ellos hicieron su pequeño negocio sobrefacturado, dejé de ser un artista para ellos porque no era un vendedor de discos. De manera independiente es más palpable, más humano, más amigable y más controlable. Todo depende de las ambiciones de cada uno. Hay quienes quieren fama, hay quienes quieren dinero y hay quienes quieren hacer música. Y si se puede vivir de la música, está bien”.

Muchas veces es necesario jugársela más allá de algún prejuicio. Así fue como en su momento Rata Blanca pasó por todo el circuito de las bailantas, a pesar de las críticas. “Para nosotros ya no había lugares físicos para tocar. Era tocar en Obras o nada”, recuerda Wálter Giardino.

La independencia siempre es posible, aún cuando el artista haya sido contratado por una compañía. Incluso a veces, esa autogestión es una forma de resolver problemas creativos. “De Ushuaia a La Quiaca”, la obra cumbre de León Gieco, tiene mucho de eso. Prácticamente prohibido en Buenos Aires, León tocaba en el interior, en recitales organizados por colegios secundarios para juntar dinero e irse de viaje de egresados. Por otra parte, estaba bloqueado por su adicción y no podía componer. Ayudado por su amigo Gustavo Santaolalla y sin el apoyo de la discográfica, idearon una gira por el país conociendo a músicos de cada lugar e interpretando su música: Sixto Palavecino, Cuchi Leguizamón, Leda Valladares e Isabel Parra, entre muchos otros.

Sólo una cuestión de actitud

El under tiene un prestigio ganado en buena ley. Flavio Cianciarullo opina que “es hermoso tocar para una audiencia enorme, pero mi salida favorita de toda la vida, y lo comparto con mi familia, es ir a ver bandas. Y por supuesto, del underground, porque es y será siempre el avant-garde, lo nuevo. Lo que se vendrá, si es que se viene, o lo que permanecerá en el under como un gran artista de culto”.

Algunos juzgan que llegar a la masividad es sinónimo de haber transado. Un caso así podría ser el de Las Pelotas, que rechazaban participar de eventos esponsoreados y actualmente son número fijo de los grandes festivales. Germán Daffuncchio reflexiona: “con el éxito de ‘Será’ nuestros fans nos decían ‘transaron, se vendieron’... Todo es cuestionable, porque comercio es todo. ¡El mundo es un comercio! No es un problema con la música comercial. De hecho, cuando componés música lo hacés para que le llegue a la mayor cantidad de gente posible. Es parte de tu rol por el cual viniste a este mundo. Cuando conocés los medios te das cuenta de que la difusión en la radio es complicada. Y siendo independiente no tenés entrada. No tenés los medios abiertos a disposición... quizás alguno de favor, pero no tenés la infraestructura de una multinacional o de un productor groso”.

Dread Mar I tiene una visión que explica estas decisiones: “por un lado está el dinero que me pueden llegar a dar y por otro está mi libertad. Y yo siempre voy a elegir mi libertad, que nadie me diga dónde tengo que ir a tocar y qué tengo que hacer”. Pero Mariano Castro no repudia a quien elige ese camino e incluso reconoce las zonas grises: “No tengo nada contra el sistema, vivo en este mundo, rodeado de cosas con las que hay que lidiar. Ya tocamos un par de veces en el Parque Roca para el Gobierno de la Ciudad y hay un montón de cosas en las cuales estoy en desacuerdo con ellos, pero la gente puede ver gratis a los artistas”.

Hay casos más extremos. En el 2007, Vicentico accedió la participar del ciclo Fusiona2, que organizaba la cadena Sony y que juntaba artistas de diferentes estilos para que tocaran en vivo. El ex cantante de Los Cadillacs se sumó a Calle 13 para crear “Combo imbécil”, una crítica explícita contra el sistema y contra el entonces presidente Bush. Esa interpretación, ante millones de telespectadores y con avisos de Coca-Cola detrás, lejos de ser una claudicación, fue una declaración de principios.

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