CÓMO LA TELEVISIÓN CONTRIBUYÓ A CONVERTIR AL ROCK EN UNA MÚSICA “PARA TODA LA FAMILIA” A CAMBIO DE DIFUSIÓN MASIVA.
TEXTO Matías Recis
Cuando Lou Reed cantaba en “Satellite of Love” “Me encanta ver las cosas en la televisión” anticipaba un giro cultural a comienzos de los ‘70s: los hechos no se vivirían, se contemplarían desde la comodidad de un sillón.
Dos momentos: Soda en MTV y Charly/Luis, en Canal 7
En Argentina, esta tendencia se instaló desde los inicios del rock. El programa “Sábados Circulares” ofrecía en horario central los números en vivo de Tanguito o Los Gatos por Canal 13. Aquellos rockeros -perseguidos, encarcelados y marginados por su estética, sus costumbres, lugares y horarios de encuentro-, se mostraban buenos y prolijos fuera de su hábitat natural.
La relación entre el rock y la TV se profundizó a partir de la década de los ’80s, con la propagación de los recitales en estadios. La mayoría de nuestros músicos se presentaron en programas kitsch de entretenimientos con el objetivo de incrementar aún más su popularidad (como Gustavo Cerati tocando en el programa “Ritmo de la Noche” de Marcelo Tinelli; la histórica reunión de Charly García y Luis Alberto Spinetta en “Cable a Tierra”; y Federico Moura o Riff conversando en el sillón de Susana Giménez).
Mientras tanto, “Badía y Cía” se instaló como una radiografía exacta del contexto cultural del rock post-dictadura y marcó una dirección que décadas después fue continuada por “Música para soñar” (programa dirigido por Javier Malosetti), “Volver Rock” (conducido por periodistas especializados y músicos) y “Encuentro en el Estudio” (el brillante ciclo de Lalo Mir).
Pero los protocolos de la televisión muchas veces no encuadraron con la idiosincrasia del rock y así algunos músicos dejaron imágenes imborrables: la discusión entre Pappo y Dj Dero en “Sábado Bus”; las entrevistas de Beto Casella a Ricardo Iorio; los desopilantes playbacks de Divididos en“Hacelo por Mi”; y Mano Negra destrozando el estudio de “La TV Ataca” al grito de “¡La televisión es una mierda. Viva la anarquía!”, ante la mirada desconcertada de Mario Pergolini.
En las antípodas, grupos como los Redonditos de Ricota construyeron su encriptado misticismo de espaldas a la pantalla. Con una idea similar, Turf cantaba “No sigan empujándose por aparecer en Crónica TV”, mientras algunos rockeros tomaban el rol de conductores (como Palo Pandolfo, Emilio del Guecio, Antonio Birabent, Diego Mizrahi, Bahiano, Roberto Pettinato y Pipo Cipolatti) y actores (como Pappo, Juana Molina o Patricia Sosa). Otros, en cambio, optaron por ventilar su privacidad (como el politóxico Andy Chango; Pity Álvarez ingiriendo comida podrida; y Charly García balbuceando incoherencias desde su cama o tirándose a una pileta desde un noveno piso). Los programas sensacionalistas se regodeaban de la decadencia y los escándalos de algunos músicos, mientras especulaban con los incidentes en los recitales para criminalizar la cultura rock.
Si bien, en 1972 Keith Richards tiraba televisores por el balcón como un acto simbólico de repudio y el espectáculo “Zoo TV” de U2 denunciaba su poder de dominio sobre la población más de veinte años después, lo cierto es que la televisión transformó a esta contracultura en un entretenimiento de masas. La rebeldía ya no era peligrosa; sino pintoresca y atractiva (un cambio de paradigmas reflejado a la perfección en el videoclip de Nirvana “In Bloom” o en el nihilismo irónico de Peter Capusotto).
Así, el rock vio la posibilidad de expandir su mercado y, a riesgo de sacrificar parte de su esencia, se apuntaló sobre aquellas nuevas generaciones que experimentan la realidad a través de pantallas (computadora, teléfono celular y TV). De este modo, las clínicas de guitarra por televisión, las transmisiones en vivo de recitales, programas, informes y canales especiales, proponen un cambio de enfoque en la percepción: hoy en el rock, lo esencial no es invisible a los ojos.


